▶Mirá la entrevista al arquitecto Juan Breccia sobre la historia arquitectónica del Colegio; desde su fundación en la Vieja Casa, hasta la proyección y construcción del nuevo edificio, la actual residencia de esta casa de estudios

La historia del edificio del Colegio Nacional de Buenos Aires no puede escindirse de la de su propia historia institucional, ni de la historia política nacional.

En 1654 el Cabildo de Buenos Aires encomendó a la Compañía de Jesús un establecimiento para la educación de la juventud de estas latitudes, compromiso que la orden asumió en tierras estratégicas sobre la Plaza Mayor. El 25 de mayo de 1661, los jesuitas fueron trasladados al gran solar delimitado por las actuales Bolívar, Alsina, Perú y Moreno. La obra inició en 1668. De ella participaron los maestros constructores Jan Kraus (checo), Johann Wolff (alemán), Giovanni Bianchi (italiano), Giovanni Battista Primoli (italiano) y Peter Weger (bávaro); y casi un siglo después la fisonomía del Colegio Grande de San Ignacio estaría concluida cuando en 1767 los jesuitas fueron expulsados de América y el establecimiento pasó a manos de Carlos III.

El gobernador Vértiz inauguró en 1772 sobre el edificio heredado el Real Colegio de San Carlos, en homenaje a su rey. Pero un año después, cuando fue elevado a rango de virrey, se estableció el Real Convictorio Carolino, colegio en el que se educaron Manuel Belgrano, Mariano Moreno y Juan José Castelli, así como Esteban de Luca, Bernardino Rivadavia y Antonio Sáenz. Durante las invasiones inglesas, ya en el s. XIX, el gran claustro funcionó como cuartel general, y sólo subsistieron lánguidamente los reales estudios.

Durante el periodo de la emancipación, concretamente en 1817, el Director Supremo Juan Martín Pueyrredón organizó el Colegio de la Unión del Sud en donde fuera profesor Juan Crisóstomo Lafinur, y fueron alumnos Florencio Varela y Justo José de Urquiza. En 1821, bajo la gobernación de Martín Rodríguez y gracias a los esfuerzos de De Luca y Rivadavia, se fundó la Universidad de Buenos Aires en la Manzana de las Luces, y Sáenz fue su primer rector. Bajo la égida de la Universidad, en 1823 el Colegio de la Unión del Sud se transformó en Colegio de Ciencias Morales, dirigido por Miguel Belgrano. Rivadavia le confirió al nuevo organismo un carácter nacionalizador, y promovió becas a jóvenes del interior. El tucumano Juan Bautista Alberdi fue beneficiado con una de ellas, y el sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento en cambio no. En él se educaron Esteban Echeverría, Vicente López, Juan M. Gutiérrez, Miguel Cané (padre), José Mármol, Félix Frías, Carlos Tejedor, Luis Domínguez, Marco Avellaneda, Antoniio Aberastain y Marcos Paz.

En el periodo rosista, entre 1836 y 1841, funcionó el Colegio de San Ignacio concesionado por el Gobernador de Buenos Aires a seis jesuitas que finalmente expulsaría por acusarlos de conspiración junto con los unitarios. Allí se educaron Guillermo Rawson, José Benjamín Gorostiaga, y Eduardo Costa. Entre 1842 y 1852, Marcos Sastre y un exjesuita administraron de forma privada el Colegio Republicano Federal, con subvención estatal. Durante la Batalla de Caseros, el claustro volvió a funcionar como Cuartel General por segunda vez en su historia. Tras la caída de Rosas en 1852, Pastor Obligado restableció la vieja institución –Colegio Seminario– bajo la dirección del canónigo Eusebio Agüero. Acá estudiaron Federico Tobal, Juan José Romero, Octavio Bunge, Juan A. Argerich y Dominguito Sarmiento.

Finalmente, mediante el Decreto Nacional nº 5447/1863 de Bartolomé Mitre, refrendado por el ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública Eduardo Costa, y sobre la base del Colegio Seminario de la Capital, el gobierno nacional fundó el actual Colegio Nacional de Buenos Aires. Este establecimiento encontró continuidad institucional con el rectorado de Eusebio Agüero y la dirección de estudios del catedrático Amadeo Jacques, quien se ocupó de modernizar el plan de estudios y en 1864 asumió como rector tras la muerte de Agüero. Este colegio, al igual que el Colegio de Ciencias Morales, adoptó un carácter nacionalizador –haciendo honor a su nombre–, incorporando en las sucesivas camadas de población estudiantil de cada provincia de la nación, proporcional en número al de su propia población.

Con la federalización de la Ciudad de Buenos Aires, y el fenomenal crecimiento poblacional tanto de la capital como del colegio, los distintos rectores como Amadeo Jacques, Alfredo Cosson, José Manuel Estrada, Amancio Alcorta y Adolfo Orma, demandaron a las autoridades obras y reparaciones necesarias para absorber la demanda del uso escolar. En 1887 el colegio superó por primera vez la barrera simbólica de 1000 alumnos regulares matriculados, alcanzando un límite de saturación espacial que sería subvertida por la apertura de tres sedes satelitales del CNBA (casa central): al norte, el Colegio Nacional “Domingo Faustino Sarmiento”; al sud, el Colegio Nacional “Bernardino Rivadavia”; y al oeste, el Colegio Nacional “Mariano Moreno”. Pero esta estrategia de dispersión territorial sería provisoria e insuficiente.

El rectorado del Prof. Enrique de Vedia (1902-1911) significó un quiebre en la historia de los edificios del CNBA. En 1903, el Congreso Nacional sancionó la ley nº 4270 de Edificación Escolar, que financiaba la construcción y reparación de escuelas en territorio argentino, incluyendo a todos los colegios nacionales excepto a uno: el CNBA (casa central). Tras una fuerte crítica de De Vedia, la ley 4340 de 1904 enmendó a la ley anterior, sirviendo de soporte legal las obras de ensanche y refacción del viejo colegio jesuítico en el que funcionaba el CNBA.

Las obras iniciaron, entendiéndose como principal demanda la construcción de un segundo piso alto sobre el antiguo claustro, pero la vieja estructura cedió y provocó el derrumbe de un muro. Se paralizaron las obras, y desde 1905 en adelante se activaron una serie de medidas con mucha fuerza política para dotar al Colegio Nacional de Buenos Aires de un nuevo edificio, más acorde a su tiempo y a su propósito.

En 1908, se desarrolló el concurso para un edificio para la Universidad y el Colegio Nacional Central, cuyo primer premio fue declarado vacante. Un año después, en 1909, el Congreso Nacional expropiaba la propiedad particular de la esquina de Bolívar y Moreno; y ese mismo año surgía la figura del arquitecto Norbert Maillart, un arquitecto francés educado en la École des Beaux-Arts de París, y ganador del segundo Grand-Prix de Rome de 1881, quien dibujó por contratación directa el proyecto original para el edificio definitivo del CNBA. A él también se le atribuye la autoría del Palacio de Correos y Telégrafos y del Palacio de Justicia de la Nación.

Mientras se le adjudica a Maillart (1856-1928) las ideas generales del proyecto, un edificio monumental de perímetro regular, que cuenta con un subsuelo, una planta baja y tres pisos altos en torno a dos grandes patios rodeados de aulas (que por momentos recuerdan a la espacialidad conventual del viejo claustro jesuítico), es necesario reconocer la labor del arquitecto Jacques Spolsky (1887-1937), primero ayudante de Maillart y finalmente sucesor, quien dirigió los destinos del grueso de la obra entre 1914 y 1937. La construcción del edificio definitivo, el actual palacio francés, se inició en 1911, y se desarrolló en dos grandes estapas: la primera, a cargo de la empresa constructora GEOPÉ (1913-1925); y la segunda, bajo responsabilidad de la empresa Benito Mamberto (1927-1938). Durante la primera etapa, se construyó el cuerpo Bolívar, que cuenta con los recintos más solemnes del edificio: rectoría, biblioteca y sala de profesores. El cuerpo primitivo narra una secuencia espacial que inicia en el acceso desde la vereda, donde el edificio recibe a quien ingresa en él con una escalinata que separa el arriba del abajo, el adentro del afuera, y el saber del no saber. Se ingresa a un gran vestíbulo, que distribuye las visuales a izquierda y derecha hacia dos escalinatas de mármol de Carrara, vestidas con una alfombra roja que le infunde un carácter ceremonioso al recorrido. Esta perspectiva está enmarcada por una columnata tanto en el piso bajo como en el piso alto. La marcha continúa hasta conducir los cuerpos al salón principal de la composición Beaux-Arts: el Aula Magna.

El antiguo convento fue transformado en un palacio neoclásico francés al servicio de la educación pública y nacional. La configuración espacial colonial devino en un orden compositivo academicista, según el cual la luz reemplazó a la lobreguez, la buena ventilación a la humedad, la monumentalidad a la chatura, lo republicano a lo monárquico, lo definitivo a lo provisorio, y el conocimiento al dogma. Sin embargo, algunos vestigios del viejo edificio en el que se educó la generación de mayo están presentes, como si ambos edificios estuvieran superpuestos material y espiritualmente.